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Aylwin y un Chile cohesionado

JE Cheyre cuadrNo es posible mirar el Chile actual sin reconocer en él el legado del Presidente Patricio Aylwin. Las bases que han permitido el desarrollo sostenido y en paz del país durante el último cuarto de siglo se fundan en el carácter que le impuso a su Gobierno: diálogo para el cambio, verdad para la reconciliación.

Tras asumir el 11 de marzo de 1990 la Presidencia de un país herido y dividido, supo liderar el desafío de reconstruir una nación democrática basándose en el entendimiento como forma de alcanzar la unidad, el desarrollo y la justicia social. Comenzaba el retorno a la democracia y Patricio Aylwin enfrentó el inicio de una transición compleja, con el general Augusto Pinochet aún como Comandante en Jefe del Ejército, sentando las bases de un proceso de democratización cuya característica principal fue romper con el statu quo sin dejar de respetar el marco institucional, que si bien a él no le encajaba, era el que reglaba al país que debía gobernar.   

En una sociedad con profundas diferencias y marcados antagonismos, su esfuerzo por generar entendimiento entre los chilenos abrió un período de diálogo y conversación con el objetivo de dejar atrás el quiebre institucional sufrido, pero sobre bases sólidas que alejasen la posibilidad de que ello nuevamente se repitiere. El Gobierno democrático no procuró romper con todo y refundar un nuevo Chile, sino que en la esencia de nuestra tradición republicana, los chilenos volviésemos a encontrarnos. Así, el consenso al que Chile fue capaz de llegar tuvo la impronta del Presidente Aylwin, y eso es hoy parte de su legado. 

En sus cuatro años de gobierno, el país se fortaleció internamente, dejó atrás su enclaustramiento y logró posicionarse en el exterior. Al no quebrar el marco institucional heredado se generaron certezas jurídicas firmemente asentadas que terminaron siendo el sello de una transición democrática que definió a Chile ante el mundo como un país serio, confiable y respetable. Ese fortalecimiento institucional, social y económico genera hasta hoy impacto en el extranjero. 

El camino trazado por Patricio Aylwin consideró la búsqueda de la verdad como forma de cimentar la reconciliación nacional; “el imperio de la verdad es el fundamento de toda convivencia” señaló en 1991 al dar a conocer el informe Rettig. El Presidente se hizo cargo de la necesidad de justicia con la virtud de nunca confundirla con la venganza, sino entendiéndolas como opuestas. Su decisión de formar la Comisión de Verdad y Reconciliación se formaliza a menos de dos meses de haber asumido, lo que da cuenta de la importancia fundante que le dio al esclarecimiento de los hechos ocurridos durante el período del régimen militar. De esta manera, para construir un país democrático, la verdad debía buscarse y la venganza evitarse, independiente de las pretensiones que al respecto tuviesen los distintos sectores de la sociedad, fuesen estos afines u opuestos al pensar del Presidente.

A 26 años del retorno a la democracia, y con la perspectiva que da el paso de los años, resulta evidente que el legado de visión armónica y reconciliada de un país que inspiró al Presidente Aylwin, pareciera nos llama a persistir en ese camino como la mejor forma de proyectarnos ante los nuevos desafíos de un Chile que a todos nos convoca, sin revivir los odios y divisiones del ayer.

Fuente: La Tercera