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Pelea de titanes

sahdPor Jorge Sahd, Director del CEIUC

Un buen amigo me daba el siguiente ejemplo. Imagine una fuerte discusión en la mesa de un restaurant entre su mamá y su señora: ¿por quién tomaría partido? Difícil respuesta por la delicada posición en que usted quedaría. Probablemente lo aconsejable sería tomar algo de distancia, poner paños fríos y tratar de quedar bien con “Dios y con el diablo”. Para el mundo, una guerra comercial entre EEUU y China sería una verdadera lucha de titanes, donde al resto de los países les sería muy difícil tomar partido, al igual que en el ejemplo.

EEUU y China son las dos principales economías del mundo y tienen una intensa relación comercial. Al año 2015, el déficit comercial del país americano con China superaba los 350 mil millones de dólares, cuadruplicando el déficit en los últimos 15 años. Por contrapartida, el enorme superávit para China le ha permitido destinar ese ahorro a aumentar su presencia e inversión en el país norteamericano, comprando bonos y acciones de empresas estadounidenses. Eso claramente molesta al presidente Trump, quien atribuye esta situación a la manipulación cambiaria (devaluación del yuan) de las autoridades económicas chinas, para favorecer sus exportaciones y artificialmente hacer más competitivas a sus empresas.

¿Podría Trump reaccionar con una guerra comercial proteccionista, amenazando con imponer unilateralmente sobretasas y fijación de cuotas a los productos chinos? En EEUU un presidente sí tiene esas facultades. Pero para eso tendría que construir un caso sólido, demostrando que efectivamente China incurre en prácticas ilegales como la manipulación de su moneda y subsidios encubiertos de parte sus empresas. Eso le permitiría desplegar medidas proteccionistas, imponiendo sobretasas, salvaguardas e incluso medidas antidumping que restringirían la importación de productos chinos. Seguramente un caso de esta naturaleza terminaría en una disputa ante la OMC y con represalias de parte de China, donde todos saldrían perdedores.

Primero, perderían los millones de consumidores americanos que acceden a productos chinos a mejores precios, como son textiles, calzados, muebles. Segundo, las empresas norteamericanas que venden más en el país asiático que en su mercado local, como General Motors y Apple. Tercero, las empresas chinas, cuya economía tiene una alta dependencia en el consumidor americano. Goldman Sachs ha estimado que una guerra comercial con EEUU podría afectar la economía china en 3 puntos del PIB. Finalmente, perdería el mundo. Mayores aranceles y restricciones al comercio afectarían las cadenas globales de producción, haciendo más cara la importación de insumos y elevando los precios finales.

Si algo demostró el año 2016 es que el frente interno sí importa. Así lo dejó claro el Brexit, la paz en Colombia y las elecciones en EEUU. Enfrascarse en una guerra comercial puede distraer los enormes desafíos que ambos países tienen a nivel interno. EEUU, con la necesidad de mejorar su economía y reducir su enorme deuda pública, abordar el problema migratorio y su sistema de salud. Como señaló el Pew Research Center, el 70% de los americanos está interesado en priorizar los asuntos domésticos, frente a menos del 20% preocupado de la política exterior. China, por su parte, debe encargarse de la desaceleración de su economía, las crecientes divisiones políticas de la clase dirigente y una población cuya paz social se sostiene, en parte, en la creación de empleos y el aumento de los salarios de los últimos años.

Chile, al igual que el marido del ejemplo, no podría tomar partido en un escenario con sus dos principales socios comerciales enfrentados, de los cuales depende casi el 60% de su comercio. Nuestro país debe seguir su estrategia comercial pragmática y mirar con atención las nuevas oportunidades que se abran en el Asia-Pacífico, con una casi segura lápida al TPP, pero con interesantes espacios en la Alianza del Pacífico, una futura zona de libre comercio de los países APEC (FTTAP) y el Acuerdo Económico Regional que está negociando China con países como India, Nueva Zelanda y otros del sudeste asiático. En esta pasada, a Chile le conviene estar bien con “Dios y con el diablo”.

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FUENTE: Diario Financiero