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Trump y Kim

Señor director

Solo una figura tan controversial, impredecible y arriesgada era capaz de lograr sentar en una misma mesa al Presidente de Estados Unidos y al de Corea del Norte, tras más de 60 años de conflicto. Sin duda tuvo la colaboración de Kim Yong-un que, desde el mismo punto de vista, comparte varios de esos calificativos. Pero fue la imprudencia de Trump -bendita dirán algunos- la que contribuyó decisivamente. Sin asesores, sin una hoja de ruta y sin medir las consecuencias, fue el ideólogo de este acercamiento. Desde los agresivos tuits y descalificativos emitidos hace unos meses, cuando todo hacía pensar que se desataría un conflicto político de escala mundial, hasta la osadía de aceptar una invitación de inmediato y programar un encuentro inédito. Todas las reglas de la diplomacia fueron pasadas por alto y gracias a esa informalidad pudo concretarse algo que era imposible.


Así, el solo hecho de ver a esos líderes estrechando manos y sentándose más de cinco horas a conversar es un triunfo y una luz de esperanza para la paz en la península coreana. Dicho eso, el vaso medio vacío es que esta estrategia es insostenible en el tiempo e irrepetible en otras circunstancias. Es impensable que este acto podría resultar igual en conflictos similares como el de Israel y Palestina o la situación en Siria. Además, en resultados concretos, la declaración no es más que una expresión de voluntades, sin hoja de ruta concreta.


Ahora, es tiempo de la diplomacia. Los asesores y estrategas deben ser capaces de materializar esta voluntad en hechos y en un cronograma de pasos a seguir verificables y sobre los cuales se deberá rendir cuenta. Solo así la paz duradera es posible y una resolución definitiva al conflicto viable. Luego de este hito, cualquier error puede ser fatal.


Gracias a la osadía de Trump se dio un salto enorme. Pero solo el trabajo en equipo y el respeto a las formas puede salvar el plan ahora.

 

Fuente: La tercera