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Tanteando un nuevo orden global

Si algo podemos concluir anticipadamente de cómo será el mundo post-pandemia, es que la brecha de poder entre Estados Unidos y China será menos. Esto aumentará la presión sobre las organizaciones internacionales, que deben funcionar como colchones que “amortiguen” los golpes entre dos grandes potencias. El reciente fracaso de la OMS en la respuesta a la pandemia de Covid-19, y el anterior de la OMC durante la guerra comercial, demuestran que el orden internacional vigente, creado tras la II Guerra Mundial, no está preparado para responder a semejante desafío histórico.

Las transiciones de poder no siempre llevan a la guerra. Cuatro de las ocho transiciones hegemonía desde 1500 han sido pacíficas, y el más reciente ejemplo es de la hegemonía británica a la norteamericana. La creación de nuevas organizaciones, o refundación de las ya existentes, será la clave para evitar la guerra. Y podemos ver que China ya está acomodándose a esta nueva realidad de manera anticipada.

Por un lado, evidente que hay competencia por desarrollar la vacuna contra el Covid-19 y por quien domina la infraestructura del 5G en los próximos años. Este tipo de competencia no se veía desde la carrera al espacio entre EEUU y la URSS. China, además, se consolida fuertemente como un proveedor de bienes públicos globales, con la Franja y la Ruta (BRI, en inglés) como gran marco estructurador. Este proyecto tiene poco o nada de concreto en América Latina, pero si hay otros donde China está muy presente. En los últimos años dos meses, la “diplomacia de las mascarillas” tuvo ecos aquí mismo en Chile.

China carece en tal grado de lo que se llama “poder blando” (atractivo y legitimidades culturales), que en todo lo que hace se cuestionan intenciones ocultas. En América Latina, históricamente apegada a valores occidentales, las inversiones y créditos chinos siempre han generado sospecha. Para peor, hoy Venezuela y Argentina están fuertemente endeudadas con bancos políticos chinos, y muchos se preguntan cómo se comportará Beijing cuando le toque jugar el ingrato papel del acreedor.

EEUU, amenazado por el crecimiento del poderío chino, explota esta desconfianza a su favor y América Latina es un claro ejemplo de esto. Beijing y Washington compiten por influencia internacional e incluso dentro de los países compiten por influencia en los respectivos gobiernos, creando divisiones entre los ministros. Vivimos una tensión entre los valores por-EEUU y las necesidades económicas pro-china.

Fuente: Diario Financiero