Opinión

Colombia en primera persona

Jorge Sahd cuad Por Jorge Sahd, Director (s) del CEIUC

Ni catástrofe ni voto a favor de la guerra. Ni el fin del proceso de paz en Colombia ni el repliegue de las fuerzas de las FARC. Con motivo de una conferencia de centros de estudios de iberoamérica en Bogotá, tuve la fortuna de presenciar en primera persona el ambiente que se vivió durante el plebiscito. Venía, al igual que todo extranjero, con la sensación que el Sí se impondría con relativa facilidad. El amplio margen de las encuestas, el apoyo explícito de la prensa y los líderes mundiales reunidos en Cartagena de Indias hacían difícil imaginar un resultado adverso. Tras el triunfo del No, me llamó la atención el contraste entre los análisis más fatalistas desde el extranjero y el ambiente de calma en Bogotá. A fin de cuentas, la población seguía comprometida con la paz, pero rechazaba por escaso margen la validez del Acuerdo.

Al conversar con partidarios del Sí y del No pude constatar que no era fácil tener un perfil del votante de cada lado. No se podía reducir a uribistas versus santistas, segmentos sociales ni procedencia del país. Si bien hubo zonas que marcaron tendencia a favor del Sí o del No, no hubo un patrón claro que las zonas afectadas votaran a favor del Acuerdo o viceversa. Quizás un elemento común que agrupó al No fue un profundo rechazo de entregar concesiones a las FARC y un creciente descontento con la gestión del Presidente Santos en materia económica, social y de percepción de la corrupción. El nivel de abstención se mantuvo en la tendencia, donde en la última elección presidencial alcanzó el 60%. Determinar a quién favoreció esa abstención requerirá más tiempo de análisis.

Sin duda, el profundo rechazo a las FARC fue el elemento movilizador más determinante. Si bien el incio de las negociaciones disminuyó considerablemente la tasa de crímenes y atentados, no fue fácil para un colombiano olvidar las crudas cifras del conflicto armado: 260 mil muertos, 45 mil desaparecidos y 6,8 millones de desplazados. Por lo tanto, no sólo la impunidad generaba resistencia, sino además la legitimación política de las FARC al permitir su participación en cargos de elección popular. Si bien las reglas pos conflicto requieren concesiones, la imagen de un personaje como “Timochenko” de candidato violentó a muchas personas. Y, en política, los símbolos son relevantes. “Cambiar balas por votos” fue un mensaje menos movilizador que ver a los jefes guerrilleros en el Congreso.

Otro aspecto que se constató con mayor claridad en Colombia fue el bajo nivel de popularidad del Presidente Santos. Con un apoyo casi unánime de la comunidad internacional y su candidatura a Nobel de la Paz, costaba imaginarse que apenas tenía un nivel de aprobación sobre el 20% y un rechazo sobre el 70%, según la consultora Gallup. Esta realidad se percibía con mucha mayor estando en ese país, hecho que fue hábilmente capitalizado por el ex Presidente Uribe, quien convocó el rechazo a las FARC y el descontento con la administración Santos, sumando otro actor relevante como el ex Presidente Pastrana.

Liderar un desafío tan relevante con un escaso capital político sin duda constituyó una dificultad. Acuerdos de esta naturaleza, por muy complejos que sean, requieren consensos mayores y la impresión que se instaló es que sectores importantes de la sociedad colombiana estaban quedando al margen, entre quienes se contaban dos ex presdientes de la República.

Una última reflexión. A partir del sorpresivo resultado, se ha insistido en el creciente divorcio entre las autoridades y los ciudadanos. Creo que el divorcio es mucho más complejo. No sólo incluye a las autoridades, sino también a la comunidad internacional, prensa especializada, intelectuales, o los que algunos llaman el establishment. La brecha no es sólo un asunto de la política, sino de cómo somos capaces de escuchar y comprender más profundamente a esas mayorías silenciosas que tienen poca cabida en el análisis. Eso sin duda nos ayudará a entender de mejor manera los fenómenos actuales en el mundo.

 

Fuente: Diario FInanciero