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España, Cataluña, mentalización

Hace una generación, ¿alguien pensaba que iba a existir el panorama que ahora presenciamos? Como en tantas partes, España se construyó sobre la base de diferentes tradiciones que en su diversidad llegaron a ser una sola. No hubo opresión cultural ni económica de Cataluña; jamás precisamente fue lo más pobre de la península. Ya en el siglo XVIII, poco después de haber sido abolidos por la fuerza -tras una rebelión- algunos de sus fueros, Cataluña recuperó lo que siempre había sido, ser un centro económico y cultural del Mediterráneo, íntimamente español también. En el siglo XX, de lo único que se podría quejar es de la torpeza del franquismo al prohibir el empleo de su lengua. Desde los años 1960 comienza a transformarse en lo que ha llegado a ser, una de las grandes ciudades del mundo, modelo de vida y meta a imitarse, símbolo de la parte muy recomendable de la evolución europea. Entre su fusión con España y la Europa de posguerra, Barcelona esplende como una de las joyas continentales.

Como en tantos nacionalismos, lo que hay de "objetivo" en sus demandas (dominio extranjero que origine opresión, discriminación, pobreza), en este caso brilla por su ausencia. Si España llega a desintegrarse -suponiendo que Cataluña sea un primer eslabón en la estampida, si es que sucede-, sería más que catástrofe. Por cierto, perdería España; y lo haría también Cataluña, ya que parte de su personalidad moderna -de siglos- se ha desarrollado por esa peculiar tensión con Madrid y Castilla, que es más que nada autosugestión barcelonesa. Cataluña será más rica que el resto de España, pero no en desmesura ni se puede decir que esta última sea una mantenida ni mucho menos.

Al igual que en todas partes, las provincias farfullan contra la capital; en la rivalidad de murmullos entre Madrid y Barcelona se da una gracia especial que ha devenido en identidad particular, sobre todo de la primera. El actual independentismo extraído del contexto de la nación española será otro particularismo, fanatismo de caprichos, que además obligaría a una población inmigrada de otras regiones y de otros países a una uniformidad innecesaria. La grandeza de Barcelona radica, en cambio, en esa tensión liviana -ahora convertida en pesadilla nada de ligera- que da ese carácter sabroso a la vida española, reproducido en cierto grado en el vínculo con otras regiones.

Que en Cataluña la mayoría esté por la independencia es cuestionable. No es el punto, sin embargo. Así como no es permisible que en democracia se elija cualquier cosa, por constitucional que sea, la autodeterminación no puede ser a costa de una minoría -si es que en Cataluña no es mayoría-, ni afectar a un todo mayor al resto del sistema bajo el cual se vive, el Estado y la realidad profunda de España, que le ha dado tantas garantías y poder.

Esto tiene significación que alcanza a todo el globo, y de la cual no nos excluimos, aparte del hecho de que en nuestro país vascos, catalanes, andaluces, extremeños (de los cuales desciendo), etcétera, adquieren sentido por ser parte de España. Aunque muy diferentes como fenómenos, es en el procedimiento donde lo de Cataluña tiene una semejanza con nuestro conflicto mapuche. Ha sido un proceso de interiorizar ideas (fijas), doctrinas con revestimiento intelectual y especie de forzada terapia de autosugestión, mentalización en suma. La historia humana abunda en estos experimentos de resultado conflictivo y que provocan las mayores aflicciones. Cuidado con la idea de descentralizar como meta en sí misma, alfa y omega del país. Podría dividirnos en feudos de caciques o de grupos sugestionados con alguna mentalización.

Fuente: El Mercurio

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