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Chile ¿un concepto?

Es fundamental para el futuro del país reflexionar sobre el impacto en la sociedad chilena del cambio paradigmático del siglo XXI. Al efecto, una mirada retrospectiva de las últimas décadas ubica al plebiscito de 1988 como un hito idóneo para contextualizar las expectativas cifradas en esta justa electoral. Aquél dio trascendencia a un proceso de normalización democrática que devino símbolo de la reinserción internacional de Chile y su saga, coetánea con el término de la Guerra Fría, situó el proceso de transición como un referente del nuevo orden emergente post caída del muro de Berlín. Las prácticas de buen gobierno, voluntad genuina de reconciliación y prolijo manejo de la economía y finanzas públicas implementadas en el periodo, llevaron al expresidente del Brasil, Fernando Henrique Cardoso, a singularizar a Chile como “concepto”, enalteciendo la épica de una gestión que catapultó la imagen del país a nivel planetario.
Mucha agua ha pasado bajo el puente y esa impronta parece haberse esfumado con el inicio del milenio. Dentro de las razones esgrimidas, sobresale lo ocurrido en la comunicación y relacionamiento entre los diferentes actores de la globalización. En efecto, el posicionamiento de la “economía de la atención” ha desatado una competencia inédita por figurar, ganar influencia y afincar liderazgo en el ámbito de una agenda global que se torna densa y el listado de riesgos se expande significativamente. A los asuntos derivados del ejercicio de soberanía, manejo de recursos naturales e integración física, se han sumado desafíos demográficos, medio ambientales, científicos y otras situaciones propias de la inseguridad e indefensión, complejizando cualquier tratamiento usando métodos tradicionales. Más bien, se ha impuesto la urgencia de innovar con la obligación de diseñar programas y políticas públicas que aviven una institucionalidad desvanecida que neutraliza las ganancias acrecidas durante una trayectoria republicana destacable.
Con todo, no debe obviarse que la interpelación intermitente al Estado de parte de una ciudadanía empoderada afecta el rol intermediario de las instituciones más emblemáticas y relativiza el valor del tiempo, pues el proceso de toma de decisión se apresura. Un sentido de inmediatez colma la cotidianidad, privilegiando lo superficial por sobre el análisis racional necesario para dar gobernanza a la globalización. Atiza esa dicotomía propia del mundo bipolar que tiende a ubicar cualquier asunto a la derecha o izquierda del espectro político con una lógica complaciente, o inclusive flagelante, que no sintoniza con una sociedad que interactúa digitalmente y es indiferente a quién pone la sustancia o el procedimiento cuando lo que cuenta es darle solución a los problemas que aquejan a todos por igual.
Desde esa perspectiva, se advierte que Chile requiere de más presencia global, avances tecnológicos ad hoc, creatividad intelectual y fórmulas de cooperación atractivas, para afinar una estrategia que le permita convalidar la fortaleza conceptual que logró en el siglo pasado y forjar una nueva impronta que lo ratifique como interlocutor privilegiado del diálogo mundial. Ciertamente, implica combinar tradición e innovación para ponderar lo que aún es relevante de su rico peregrinaje institucional y facilitar un acercamiento fluido del presente con el futuro.
Quizás, el hilo conductor sea el propio territorio (continental, marítimo, antártico) y su correspondiente ubicación geoestratégica en el atlas mundial, que lo conectan, real y metafóricamente, con el principal vector del diálogo contemporáneo: el cambio climático. Los desafíos implícitos en el Acuerdo de Paris convergen a los espacios jurisdiccionales nacionales, proyectándolos como laboratorio natural para dar sustentabilidad a nuestra casa común.
Como alguien señaló: ¡ya no basta con el nombre Chile para ganar!

Fuente: Diario Financiero

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