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Del juicio del siglo y el nuevo paradigma empresarial

El célebre Ford T es recordado por ser el primer automóvil de precio accesible para la clase media norteamericana. El mismo cambió para siempre la vida de millones de personas; les dio autonomía, la posibilidad de viajar y un nuevo estatus.

Henry Ford decidió reinvertir la totalidad de las ganancias provenientes del revolucionario vehículo. Ello bajo la consigna de hacerlo accesible a más personas y ampliar la oferta laboral. La contrapartida fue privar a los accionistas de dividendos. John y Horace Dodge, accionistas minoritarios en la empresa (y quienes por ese entonces fundaban el fabricante automotriz de su nombre), recurrieron en 1919 a la vía judicial para obligar al empresario a postergar sus fines sociales y repartir más dividendos. En el llamado “Juicio del Siglo”, Ford indicó que el fin de su empresa era “hacer el mayor bien posible, en todo lugar, respecto a todas las personas”. Confiaba que, a quien así lo hiciera, “el dinero caería en sus manos”. La Corte de Michigan, convencida de que el mayor retorno a los accionistas es el fin de la organización de negocios, dio la razón a los hermanos Dodge.

¿Habría encontrado Ford inversionistas para su “emprendimiento” en la actualidad? Probablemente sí. Y de espaldas anchas.

BlackRock, con cerca de USD 6,3 billones bajo administración es el principal administrador de activos en el mundo. Todos los años, Larry Fink, su gerente general, se dirige en una carta a los gerentes de las empresas en las que BlackRock invierte. Esta comunicación marca la pauta de lo que hay que hacer para recibir -y mantener- inversiones de BlackRock, siendo esperada no sólo por sus destinatarios, sino también por la prensa y el público en general: en el mundo de los negocios, la voz de Fink ronca.

En su carta de comienzos de 2018, el tema elegido por el ejecutivo es la función social de las empresas. Expone que muchos gobiernos están siendo incapaces de prepararse para los nuevos tiempos, en temas que abarcan desde infraestructura hasta pensiones y los desafíos que la automatización plantea sobre el mercado laboral. En ese escenario, indica, la sociedad demanda que las empresas sirvan un fin social: “sin un sentido de propósito, ninguna empresa, sea pública o privada, puede alcanzar su máximo potencial”. En su impresión, ausente tal sentido, las empresas sucumben ante las presiones de corto plazo por distribuir dividendos excesivos, sacrificando inversiones que favorezcan el desarrollo de los empleados, la innovación y otros recursos necesarios para el crecimiento a largo plazo. Así, anuncia que las inversiones de BlackRock estarán sujetas a que las empresas expliquen convincentemente su estrategia de largo plazo y apunten a causar un impacto positivo en la sociedad.

Esta visión no es el resultado de una disputa zanjada y refleja un debate que sigue en desarrollo a nivel global. Sin embargo, por la posición de su emisor y la atención que se ha puesto en ella a nivel mundial, la carta de BlackRock deja lecciones que Chile debiera considerar. En primer lugar, orienta sobre las nuevas tendencias internacionales en materia de planificación empresarial. Las empresas chilenas deberán generar planes convincentes sobre su estrategia a largo plazo si pretenden atraer la atención de los inversionistas de primer orden mundial. En segundo lugar, destaca la importancia de los administradores de activos en la implementación de nuevos paradigmas. Los inversionistas institucionales tienen posición suficiente para generar diálogos e impulsar cambios en las empresas en las que invierten. Además, especialmente en el caso de las AFPs, la focalización en el largo plazo es plenamente consistente con sus horizontes de inversión. Finalmente, insta a que los accionistas minoritarios planteen inquietudes a quienes conducen las grandes empresas del país: ¿qué oportunidades plantea a la empresa la revolución tecnológica?, ¿se han discutido alternativas para re-capacitar trabajadores cuyas labores serán automatizadas?, ¿se están haciendo esfuerzos por tener una fuerza laboral diversa? y, ante una eventual reducción a los impuestos de primera categoría, ¿qué destino se dará a los excedentes resultantes?

Quizás Ford no hubiera perdido en la Corte de Michigan si hubiera enmarcado su visión en el propósito de maximizar los beneficios para quienes hubieren apostado por su empresa sostenidamente. Porque, para quienes adhieren a las nuevas tendencias, desarrollar el rol social de la empresa no es filantropía. Es apuntar al mayor beneficio de los accionistas en el largo plazo, favoreciendo, de paso, el interés general.

Fuente: La Tercera