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Política chica v/s Política de Estado

Este no es un tema de izquierdas o derechas. En materia de DD.HH y de democracia no pueden haber dos lecturas”, decía el ex Presidente Ricardo Lagos, poniendo una pausa a semanas donde la política exterior de Chile ha sido objeto de críticas públicas.

La política chica llegó a la política exterior, poniendo en riesgo una tradición de décadas en que los asuntos exteriores del país se abordaban con mirada de Estado y sentido de unidad. Discrepancias han existido siempre, pero el lenguaje y la presentación pública de las últimas críticas tienen poco precedente. Es cierto, las redes sociales han multiplicado los canales de expresión y Twitter se ha convertido en un verdadero “club de la pelea”, pero eso no justifica renunciar a la sobriedad y prudencia que han caracterizado nuestra discusión sobre temas internacionales.

Calificar, por ejemplo, la actuación de la Cancillería respecto de Venezuela como una maniobra política es injusto. Lo que ha hecho el ministro Ampuero, a través del Grupo de Lima o en la búsqueda de espacios de convergencia con otros países, es responder a los principios básicos de nuestra política exterior: la promoción de la democracia y los derechos humanos, y la responsabilidad de cooperar. Siempre podrán mejorarse las formas, pero muchas críticas han sido destempladas y alejadas del tono con que suelen debatirse los asuntos de política exterior, donde prima la visión-país por sobre las posiciones de trinchera.

¿Significa entonces que debemos resignarnos a que la política exterior sea una nueva víctima de la política chica? Pienso que no. Eso significaría desviarnos de nuestra tradición republicana de tener una política exterior de Estado, reconocida por su seriedad y consistencia. La clase política es la primera llamada a encausar la discusión y retomar una política exterior de “una sola voz”. Tenemos un activo muy preciado como país para dejarnos llevar por la tentación de la pelea chica.

Y las oportunidades de retomar la senda las tenemos hoy. Chile este año es anfitrión de dos eventos internacionales de primer orden: la APEC y la Cumbre por el Cambio Climático (COP25). Ambas instancias permitirán al país mostrar un renovado compromiso con la inserción internacional, los ajustes al multilateralismo frente a las nuevas exigencias o la promoción del desarrollo sustentable. Será la oportunidad de discutir con altura de miras los grandes desafíos en materia internacional.

Enseguida, otros tantos temas de política exterior requieren desterrar la política chica. La implementación de la modernización de Cancillería y la formación de nuestros futuros diplomáticos; la coordinación de nuestra política comercial y de inversiones; el fortalecimiento de la defensa chilena ante los tribunales extranjeros o el reimpulso de nuestra agenda de cooperación para transformar a Chile en “exportador” de políticas públicas, requieren una agenda de Estado.

Tenemos que volver a esa tradición republicana que tanto ha distinguido a nuestra política exterior. Esa que ha logrado desplazar las diferencias políticas internas en pos del país, la que ha tenido a Chile entre los primeros negociadores de acuerdos con potencias mundiales o como activo colaborador en operaciones en otros países.

Ese liderazgo sólo se proyectará si la política exterior vuelve al lugar que le corresponde, con sentido de unidad y visión de Estado. Para la política chica, ya tenemos suficiente.