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¿Una Alianza del Pacífico dormida?

“Que los éxitos del pasado no sean la amenaza del futuro”, decía el Presidente Piñera en la reciente Cumbre de la Alianza del Pacífico en Lima, a propósito de la situación que atraviesa el bloque tras ocho años de existencia. Con importantes avances en la liberalización y acceso preferente a los mercados de bienes y servicios, la Alianza se transformó en el “niño prodigio” de América Latina, demostrando que se pueden lograr mecanismos efectivos de integración económica, con una mirada pragmática y no subordinada a la ideología.

Así, la AP captó la atención de más países, logrando agrupar 59 Estados observadores y la posterior incorporación de Canadá, Nueva Zelanda, Australia y Singapur como Estados asociados, motivados estos últimos por la anticipada salida de EEUU del Acuerdo Transpacífico, conocido como TPP. Con un Mercosur decaído y con organismos de la región teñidos de ideología, la AP se erigió como un instrumento de cooperación e integración distinto a lo que estábamos habituados en la región.

¿Por qué, entonces, esta sensación generalizada de que la Alianza se ha dormido en los laureles? Hay varias razones, pero la principal es que el bloque debe pasar a la adultez, para que no se transforme en una eterna promesa adolescente. Si los primeros años la misión era facilitar la movilidad de bienes, servicios y capitales, la etapa actual es cómo darle sostenibilidad en el tiempo y foco en su proyección futura.

Sostenibilidad en el tiempo, dotando a la AP de una institucionalidad permanente, más allá de las presidencias pro tempore y consejos empresariales. La necesidad de contar con una secretaría ejecutiva que permita monitorear y dar seguimiento a los grupos técnicos, reagrupar el trabajo en temáticas más generales y proveer de información permanente a los países, es fundamental. Modelos de secretarías ejecutivas livianas existen, como el caso de la secretaría de APEC.

Foco. La AP enfrenta temas urgentes y temas relevantes. En lo urgente, los países miembros deben fijar un plazo para poner término a las negociaciones con los Estados asociados. El proceso se ha alargado más de lo esperado y amenaza con distraer energías necesarias para otros desafíos. Además, la ratificación de los países del TPP11 debiera disminuir la presión a esta negociación, por cuanto ese acuerdo ya establece los más altos estándares comerciales y regulatorios para los países del Asia-Pacífico.

En lo relevante, la Alianza debe poner foco en su proyección futura, evitando caer en la tentación “maximalista” de asumir un sinfín de temas que se alejan de su misión. La AP es un esfuerzo de integración económica y, como tal, debe seguir poniendo el acento en eso.

La ecuación tiene tres elementos: comercio, inversión y regulaciones. Con más del 90% del comercio ya liberalizado, la tarea debiera enfocarse en promover el comercio de servicios entre los países miembros, incluyendo tecnología, integración financiera y servicios a la industria extractiva. Dicho esfuerzo debiera considerar, además, una agenda realista y concreta de una mayor integración con el Mercosur. En materia de inversiones, la convergencia de las regulaciones de los países cumple un rol clave para facilitar los negocios y generar mayor certidumbre.

La Alianza del Pacífico sigue teniendo el potencial para desplegarse, como lo hizo con fuerza sus primeros años. Para despertarla de su letargo, los países miembros deben estar dispuestos a vestirla de adulto. Y eso, como todas las grandes decisiones, requiere voluntad política.