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Las empresas en el mundo del futuro

Milton Friedman, el arquitecto del exitoso sistema económico chileno implementado en la década de los 70s y 80s, planteaba sobre las empresas en el New York Times de 1970: “el uso de la capa de la responsabilidad social y el sin sentido hablado en su nombre por prestigiosos e influyentes hombres de negocios, claramente afecta los pilares de una sociedad libre”.

Sin embargo, desde que Friedman manifestó su opinión, mucho ha cambiado. Las empresas crecieron al alero del libre mercado, los gobiernos disminuyeron sus áreas de influencia y cayó la Cortina de Hierro, dejando vía libre a la globalización. Más recientemente, la crisis financiera de 2008 dio lugar a abundante regulación para hacerse cargo de fisuras en las dinámicas de gobernanza, las redes sociales comenzaron a dar cuenta de todo el quehacer empresarial (desde extravío de maletas hasta acusaciones de corrupción) y, cómo no, crecieron los millennials.

En la academia, las nuevas tendencias están en contraposición con la premisa de que el único fin de la empresa es la generación de mayor valor para sus accionistas. Así, por ejemplo, en 2017, Lynn Paine, profesora del Harvard Business School, cuestionó el modelo de agencia planteado por Friedman, indicando que los administradores de la empresa son fiduciarios más que agentes. Ello, porque, como consecuencia de la limitación de responsabilidad, los accionistas carecen de los incentivos necesarios para ejercer cuidado en su administración. En la misma línea, también en 2017, Oliver Hart -Premio Nobel de Economía 2016- y Luigi Zingales, economistas de Harvard y Chicago, respectivamente, plantearon que muchos accionistas en la actualidad son “pro sociales” (prefieren, por ejemplo, invertir en empleadores que dan un trato justo o en autos eléctricos que causen menos detrimento al medio ambiente), por lo que los directorios modernos, en cuanto fiduciarios de patrimonio ajeno, deben aumentar el bienestar de los accionistas y no solo su retorno.

Cuando en las últimas décadas las empresas del mundo han crecido hasta desafiar en tamaño a los gobiernos -69 de las 100 entidades más grandes, en términos de ingresos, son empresas-, la posición que adoptemos sobre su rol es relevante. Y es que, probablemente, no existen en la actualidad construcciones humanas con mayor potencial de generar cambios en la sociedad que las empresas. Los gobiernos tienen limitaciones considerables para causar impactos mayores. Generalmente, son burocráticos, lentos, naturalmente adversos al riesgo, esquivos a la innovación, sujetos a las contingencias políticas y, en muchos casos, corruptos. Otras organizaciones adolecen de falta de escrutinio, liderazgo o recursos.

Varias de las empresas más poderosas del planeta han dado signos inequívocos de entender que estos desafíos representan grandes oportunidades. Tal es el caso de Nike y Nestlé, haciéndose cargo activamente de trabajos forzados en su cadena de producción externa en Asia. En Colombia, algunas empresas han colaborado con el proceso de paz ofreciendo alternativas de desarrollo a los pobladores de zonas en conflicto. Ahora el clamor es también interno. Hace pocos días, trabajadores de Amazon (siguiendo a reclamos semejantes en Google y Microsoft), escribieron a su CEO, Jeff Bezos, pidiéndole que la compañía deje de proporcionar su software de reconocimiento facial (herramienta de vigilancia excepcionalmente poderosa) a agencias federales de Estados Unidos. La carta, titulada elocuentemente “We-Won’t-Build-It” (Nosotros No Lo Construiremos) es la respuesta de los trabajadores a las controversiales nuevas políticas de inmigración de Estados Unidos, la imperante desconfianza respecto de sus agencias de seguridad y la colaboración de su empleador con unas y otras.

Las cosas en Chile no son distintas. En las empresas está la llave para superar varios de los mayores desafíos de nuestra sociedad, como la plena inclusión de las mujeres al mundo laboral (¡en ellas está la mitad del talento humano!), el trato laboral y comercial justo, la integración de las zonas indígenas, la re-capacitación de los trabajadores cuyas funciones serán automatizadas, los incentivos apropiados para mejorar las pensiones, la contribución a políticas públicas inteligentes, y la solución de problemáticas sociales a partir de la innovación.

Y ahí está la paradoja. En el mundo del futuro (hoy), en el sin sentido sobre las empresas referido por Friedman en 1970, reside la mayor esperanza de los pilares de una sociedad inclusiva, meritocrática y libre. Como clientes, empleados, proveedores o accionistas de ellas; nosotros-la-construiremos.

Fuente: La Tercera