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Crisis de mediana edad de la democracia latinoamericana

La democracia latinoamericana enfrenta su crisis de mediana edad

La nueva caída del apoyo a la democracia y el fuerte aumento de los indiferentes son dos campanazos de alerta que demandan atención y acción.


La democracia en América Latina enfrenta su crisis de la mediana edad justo cuando se cumplen los 40 años del inicio de la Tercera Ola en nuestra región. Los datos de la encuesta de opinión Latinobarómetro 2018, recientemente divulgados, nos alertan del momento complejo que ésta atraviesa.

El apoyo a la democracia, promedio regional, vuelve a caer y se dispara la insatisfacción con la misma. El nivel de apoyo pierde 5 puntos respecto del 2017 y se ubica en el 48%, el peor indicador desde la crisis de 2001. El porcentaje de indiferentes (entre sistema democrático y autoritario) sube 12 puntos en los últimos ocho años, pasando del 16% al 28%, especialmente entre los jóvenes de 16 a 26 años, lo que es grave por sus potenciales consecuencias futuras. El apoyo a gobiernos autoritarios se mantiene estable en 15%. Argentina con 58%, se ubica en el cuarto lugar, por detrás de Venezuela, Costa Rica y Uruguay.


Por su parte, el porcentaje de la población insatisfecha con el funcionamiento de la democracia dio un gran salto, pasó del 51% en 2009 al 71%, mientras la satisfacción descendió con fuerza del 44% al 24%, su nivel más bajo desde que la encuesta inició hace ya dos décadas. Argentina, con 27% de satisfacción, ocupa el quinto lugar, detrás de Uruguay, Chile, Costa Rica y Ecuador.

Los temas económicos son la principal preocupación en la mayoría de los países. Salvo en los casos de Bolivia, Chile y la República Dominicana, los latinoamericanos sienten que sus países están estancados: 49% opina que no hay progreso, 28% que están retrocediendo, y únicamente un 20% estima que están progresando.

En Argentina, la grave recesión y la compleja situación social trajo como consecuencia que el porcentaje de población que se autodenomina “de clase media” haya disminuido 14 puntos en los últimos cinco años; la caída más alta en toda Latinoamérica. El crimen es el segundo problema en orden de importancia, liderando la lista de preocupaciones incluso en países relativamente seguros, como Chile y Uruguay.

Pese a los graves y generalizados escándalos de corrupción que vive la región, únicamente en siete países este flagelo ocupa un lugar de relevancia en la agenda pública: Colombia, Perú, Brasil, Bolivia, México, Paraguay y República Dominicana. Sorprende el caso de Argentina, país en el que pese a la interminable serie de graves casos de corrupción, sólo el 3% de su población considera a este flagelo como el principal problema.

Este sentimiento de descontento y frustración impacta negativamente en los niveles de legitimidad de las instituciones, afectando en especial a los congresos y a los partidos, cuya credibilidad se desploma al 13%.

Los votantes se alejan cada vez más de éstos, al tiempo que aumenta el enojo con la política y las élites e irrumpen candidatos populistas de derecha e izquierda. Los triunfos de Andrés Manuel López Obrador en México y de Jair Bolsonaro en Brasil son dos ejemplos recientes de este fenómeno. Bajos nivel de apoyo a la democracia (Brasil con 34% y México con 38%), alto nivel de indiferencia entre democracia y autoritarismo (41% en Brasil y 38% en México) y un bajísimo nivel de satisfacción con la democracia (16% México y 9% Brasil), combinado con un desempeño económico mediocre, alta corrupción y elevada inseguridad es el caldo de cultivo que favorece la llegada de líderes anti-sistema.

Reflexión final: esta caída de los indicadores de cultura política coincide con el deterioro que experimenta la calidad de la democracia en nuestra región, según el Índice Democrático 2017 del semanario The Economist. Sólo Uruguay califica como “democracia madura”. Diez países, incluida la Argentina, son considerados “democracias con fallas”. Otros cinco países son tipificados como regímenes híbridos: Guatemala, Honduras, Nicaragua, Bolivia y Paraguay. Y dos son calificados como autoritarios: Venezuela y Cuba.

¿Cual es la causa principal de este descontento y frustración con la democracia? La falta de resultados. Los latinoamericanos no están pidiendo más autoritarismo. Menos ideologizados y más pragmáticos, lo que demandan es que sus gobiernos los escuchen, gobiernen con transparencia y den respuesta oportuna y eficaz a sus expectativas y demandas.

¿Existe riesgo de que se produzca un colapso generalizado de la democracia en la región? No en el corto plazo. Pero si la calidad de nuestras democracias continúa deteriorándose sí existe el riesgo de que las actuales tendencias populistas y autoritarias aumenten peligrosamente.

En este escenario, una parte cada vez mayor de latinoamericanos estaría dispuesto a sacrificar trozos de democracia a cambio de mejor bienestar económico y mayor seguridad. La nueva caída del apoyo a la democracia y el fuerte aumento de los indiferentes son dos campanazos de alerta que demandan atención y acción.

¿Qué hacer? Poner en marcha una agenda renovada que apunte a recuperar la confianza ciudadana con la política, sus élites e instituciones, ampliar los espacios de participación ciudadana y garantizar una ciudadanía efectiva, todo ello con el objetivo de fortalecer la gobernabilidad y sentar las bases de una democracia de nueva generación, de mayor calidad y, sobre todo, resiliente, es decir con capacidad para afrontar crisis y desafíos complejos, incluidos los cambios disruptivos de la cuarta revolución industrial, sobrevivir a ellos, innovar y recuperarse.

Fuente: El Clarín