Se hace evidente la necesidad de una Tecnodiplomacia: profesionales y técnicos/especialistas capaces de abordar ética algorítmica, gobernanza de datos, ciberseguridad y autonomía tecnológica, que actúen con la misma destreza y sabiduría con que negocian asuntos limítrofes, tratados comerciales e iniciativas de alcance estratégico.
El debate que ha suscitado la adhesión de Chile al Escudo de las Américas replica el mismo error que dificulta la correcta implementación de la gobernanza global: analizar fenómenos del siglo XXI con criterios del siglo XX.
En este caso particular, la discusión se ha centrado en torno a la naturaleza jurídica de esta iniciativa más que en su contenido, elaborando sobre si es un convenio formal, una declaración de intenciones o un acuerdo de cooperación, sin entrar en la cuestión de fondo, la que podría resumirse en una frase: ser parte del mundo significa aceptar la realidad del mismo y saber qué batalla está en condiciones de dar.
No es la tipología del texto, la retórica de la soberanía territorial clásica o una inspiración ideológica, sino cómo se asume el concepto de seguridad en un nuevo ciclo civilizatorio, moldeado por la inteligencia artificial (IA), la aceleración tecnológica y el espacio cibernético.
Será durante la activación de la alianza cuando surjan controversias, opiniones discordantes o reflexiones diversas, que habrán de abordarse con una lectura hermenéutica de las acciones a emprender y la diplomacia será la encargada de enfatizar o neutralizar los efectos que deriven.
En consecuencia, cualquier análisis debe hacerse con realismo tecnológico, sintonizado con los principios rectores de la política exterior y con el grado de autonomía estratégica que el país ostenta.
El mundo ha transitado desde la Paz de Westfalia de 1648 —forjada para administrar las fronteras físicas, recursos tangibles y geografías estáticas— a un nuevo estadio geopolítico donde conviven la soberanía física y la soberanía digital en el ecosistema denominado Webfalia. Durante cuatro siglos, el poder se midió por el control territorial; hoy suma la jurisdicción sobre las capas de códigos estratégicos, los flujos de datos, la capacidad de cómputo y la infraestructura económico-financiera y defensiva de los países.
Quienes, apresuradamente, asumen la incapacidad del Estado para lidiar con estos desafíos y aquellos que, por el contrario, se atrincheran en un soberanismo superado por las circunstancias imperantes, han de rendirse a la evidencia que la soberanía en sus dos dimensiones es indisoluble en el nuevo estadio geopolítico, donde la custodia del territorio y la protección de la población ante amenazas otrora impensadas, requieren de regulación ad hoc, sin resentir la autonomía estratégica y la capacidad disuasiva, consustanciales al posicionamiento estratégico del país.
El Escudo de las Américas, entendido como brazo operativo de la renovada Estrategia de Seguridad de los Estados Unidos, conocida como Doctrina Monroe II, contempla objetivos explicitados reiteradamente por el Gobierno de Washington: combatir el crimen organizado, frenar las redes de narcotráfico vinculadas al terrorismo, gestionar presiones migratorias, defender los recursos naturales y las economías hemisféricas mediante mecanismos varios, contener la penetración de potencias extrarregionales y extender la cooperación en asuntos específicos, entre otras materias.
El crimen transnacional y el narcotráfico, si bien se implementa por pasos fronterizos, hoy —en el contexto de Webfalia— sus procedimientos se articulan en comunicaciones encriptadas, finanzas virtuales y logística satelital; por ende, su combate por parte de la autoridad reclama de redes de inteligencia y cruce masivo de datos en tiempo real.
La contención geopolítica, por su parte, asociada a bases militares, despliegues navales y raids aéreos, se ejecuta preferentemente por las redes 5G y 6G, centros de almacenamiento en la nube y medios cibernéticos; asimismo, la gestión y control de los flujos migratorios que se facilita con el procesamiento algorítmico, la biometría y la vigilancia remota.
Chile, al adherir al Escudo de las Américas, además de coordinar acciones de policía y otras acordadas, ha de compartir datos y redes de información con una infraestructura tecnológica administrada al menos por una de las potencias globales en confrontación fría y/o los grandes conglomerados que concentran y orientan el desarrollo de la IA.
Ahora bien, en un ciberespacio hiperconectado, aislarse no es una opción, pero sí corresponde evitar que la búsqueda de seguridad en su extensión más amplia (física y digital) y la cooperación internacional redunde en una subordinación tecnológica de envergadura.
Así las cosas, la modernización de la acción diplomática se hace más urgente, si bien para moldearla no basta con una mera reforma administrativa de los entes correspondientes.
Su valor de cara a los retos de Webfalia, amerita algo más robusto y acorde con los tiempos, sin renunciar —por cierto— a los tradicionales principios que han dado forma a una trayectoria diplomática de reconocido prestigio. En otras palabras, se hace evidente la necesidad de una Tecnodiplomacia: profesionales y técnicos/especialistas capaces de abordar ética algorítmica, gobernanza de datos, ciberseguridad y autonomía tecnológica, que actúen con la misma destreza y sabiduría con que negocian asuntos limítrofes, tratados comerciales e iniciativas de alcance estratégico.
Siendo el hilo conductor de la diplomacia la promoción de la paz, la cooperación, la seguridad y la convivencia armónica entre Estados, las cancillerías deben superar la dicotomía entre percepción y realidad, acentuada con los avatares del siglo XXI, y desarrollar capacidades para preservar la soberanía en sus dos dimensiones. Su rol intermediario en el contexto reseñado implica incorporar a su ámbito otros actores, a los cuales debe compartir su acervo, redes y experiencia. Así contribuirá a asegurar que la tecnología se mantenga al servicio de la autodeterminación, la estabilidad democrática y el desarrollo humano en un ambiente seguro y acogedor.
Fuente: EX Ante