El avance del bolsonarismo y de otras fuerzas de derecha combina voto de castigo al Gobierno, fortaleza territorial y expectativas favorables en los mercados. Su próximo desafío será traducir ese capital político en una victoria presidencial en el balotaje del 25 de octubre.
Brasil no eligió presidente en la primera vuelta del 4 de octubre, tal como habíamos anticipado en consonancia con las encuestas. Pero las urnas sí modificaron la distribución del poder.
Flávio Bolsonaro —de extrema derecha y candidato del Partido Liberal— dio la sorpresa y terminó primero; su partido amplió su presencia en el Congreso y sus aliados conquistaron gobiernos estatales decisivos. Lula —de izquierda— conserva posibilidades de lograr su reelección, aunque deberá disputar el balotaje en un terreno mucho menos favorable.
Una remontada de Lula sigue siendo posible, aunque el camino es cada vez más difícil. La cuestión de fondo trasciende quién ocupará el Planalto: qué hará la derecha con el capital político acumulado y qué capacidad tendrá la izquierda —gane o pierda el presidente— para renovar su proyecto y sus liderazgos.
Resultados
Mi análisis distingue dos planos. La Presidencia permanece abierta hasta el 25 de octubre. En cambio, el fortalecimiento legislativo y territorial del bolsonarismo y de otros sectores de la derecha ya ocurrió en buena medida. Incluso una remontada de Lula en la segunda vuelta no borraría esa transformación.
Flávio obtuvo el 47,03 % de los votos válidos, unos 56,1 millones; Lula, el 45,16 %, cerca de 53,9 millones. La diferencia ronda 1,87 puntos y 2,2 millones de sufragios. La distancia mantiene abierta la competencia, pero invierte las expectativas. Flávio llega con iniciativa política; Lula debe explicar su retroceso, reconectar con sectores de la sociedad que se sienten frustrados con la situación actual y encontrar votos adicionales.
La abstención fue del 21,08 %: aproximadamente 33,5 millones de electores. Los votos blancos representaron el 1,84% de los emitidos, unos 2,3 millones, y los nulos el 2,93%, cerca de 3,7 millones. Conviene respetar los denominadores: la abstención se calcula sobre el padrón; blancos y nulos, sobre quienes votaron. En conjunto, alrededor de una cuarta parte del electorado no expresó una preferencia presidencial válida.
El mapa ofrece una señal especialmente adversa para Lula. Minas Gerais, segundo colegio electoral y termómetro tradicional de la competencia nacional, pasó a favorecer a Flávio: aproximadamente 48,2% frente a 43,3%. Tocantins también cambió de inclinación respecto de la primera vuelta de 2022. El Nordeste sostiene al presidente, pero conservar ese bastión resulta insuficiente.
El activo más importante de la derecha está en el Congreso. El Partido Liberal tendrá 121 de los 513 diputados, frente a los 99 elegidos en 2022. En el Senado proyecta 28 de los 81 escaños para 2027, después de conquistar 19 de las 54 plazas renovadas. Será la primera fuerza en ambas cámaras. La federación encabezada por el PT contará con 88 diputados y el partido de Lula conservará nueve senadores. El retroceso presidencial del oficialismo no equivale, por tanto, a su desaparición parlamentaria.
Sin embargo, el PL reúne menos de una cuarta parte de los diputados. Incluso sumando los 87 de União Progresista, alcanzaría 208, por debajo de los 257 de la mayoría absoluta. La derecha dispone de un amplio espacio de alianzas, pero no de una coalición automática. El centrão conserva capacidad de negociación. Sus partidos comparten preferencias económicas, pero defienden recursos, cargos e intereses territoriales. La afinidad facilita acuerdos; no elimina su precio.
En los Estados, veinte gobernaciones se resolvieron en primera vuelta y siete jurisdicciones seguirán en disputa. El PL ganó cinco; el PSD, cuatro; PT y Republicanos, tres cada uno. Si se consideran los apoyos presidenciales, diez gobernadores electos respaldan a Flávio y cinco a Lula. Sobresalen Tarcísio de Freitas en São Paulo y Cleitinho en Minas Gerais, además de aliados en Paraná y Rio Grande do Sul. La ventaja territorial proporciona interlocutores empresariales, redes de movilización y visibilidad para el balotaje.
Ese capital admite tres usos: ganar la Presidencia, construir una mayoría reformista o presionar a los contrapesos institucionales. La composición del Senado vuelve particularmente relevante el tercero. La promesa de liberar a Jair Bolsonaro y la campaña contra integrantes del Supremo pueden transformar una victoria electoral en una confrontación entre poderes. Los escaños obtenidos permiten disputar la agenda; no autorizan a desconocer sentencias ni convierten la represalia en una política legítima de gobierno.
La tendencia regional
La elección brasileña encaja en una tendencia latinoamericana, aunque sería un error reducirla a una irresistible conversión ideológica. En buena parte de la región, la insatisfacción con la seguridad, el costo de vida y los servicios públicos alimenta el voto de castigo a los oficialismos. La derecha ofrece hoy, en distintos países, el vehículo electoral más eficaz para canalizar ese malestar. Pero un voto contra quien gobierna puede expresar frustración antes que adhesión duradera a un programa conservador.
Argentina, Honduras, Chile, Bolivia, Colombia y Perú —entre otros países— muestran, con trayectorias distintas, el desplazamiento regional hacia gobiernos de derecha o centroderecha. Brasil podría darle una dimensión decisiva. Sus instituciones, coaliciones y relaciones con Washington difieren. También existen continuidades de gobiernos de derecha. (Continúa)
Fuente: Radar Latam 360