Nuestra política exterior de Estado debe ser para tener socios estratégicos y no puede confundirse con alianzas militares, la adhesión a bloques o la elección de lados en una confrontación global o regional.
Tras una reunión en Washington con el Secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, el Ministro de Relaciones Exteriores de Chile, Francisco Pérez Mackenna, declaró que ese país es “nuestro principal socio estratégico”. La expresión usada ha provocado distintos comentarios, por el uso del concepto de socio estratégico y también por el apellido de “principal” que acompaña la declaración.
Además de lo anterior, han existido ya, por parte del Presidente de la República, declaraciones referentes a la “reconstrucción” de relaciones con países estratégicamente importantes, como Estados Unidos o Perú, relaciones que han sido normales en los años anteriores. Ello lleva a preguntarse si en este plano se mantendrán los principios con que nuestra política exterior consensuada se ha llevado adelante en las últimas décadas. Los lamentables intentos de hace unos años, en que desde ambos extremos del espectro político se llamó a revisar tratados suscritos o en curso de aprobación (como el TPP y el Acuerdo de Escazú) ya han sido rectificados y no sería prudente volver a “restructurar” lo que ya es parte del consenso nacional.
En relaciones internacionales, un socio estratégico es un Estado, bloque regional o institución con el que se mantiene una relación diplomática, económica y de cooperación a largo plazo. A diferencia de una alianza militar, implica confianza mutua e intereses compartidos en múltiples áreas de interés recíproco como el comercio, el desarrollo, la protección de los mares, la integración física o el cambio climático.
En esta era en que las relaciones abarcan campos diversos y múltiples acciones comunes, ningún país tiene una sola relación estratégica. Más aún cuando se trata de un Estado como Chile, de un tamaño intermedio, amplias fronteras, fuerte comercio internacional, activo en los organismos internacionales, y con numerosas relaciones diplomáticas. Gran parte de su desempeño económico está ligado a sus transacciones con el exterior, sus exportaciones de cobre representan una cuarta parte del mercado mundial, las de litio un 20%, y en ambos productos su producción va en crecimiento. Todas las fronteras de nuestro país están fijadas por Tratados bilaterales o multilaterales. Nuestra política exterior requiere de relaciones activas y sólidas en todos estos planos y, por cierto, nuestras relaciones con un número importante de países son “estratégicas”.
Por eso, optamos desde hace varias décadas por desarrollar una política exterior de Estado, basada en principios coherentes, estables y consensuados. En un mundo de posguerra que ha resultado ser muy distinto del que imaginamos a comienzos de los años noventa, hemos llevado adelante con éxito esa política.
Reconozcamos como cierta la frase de que “la influencia exterior de Chile es más grande que su tamaño como país”. Los límites que nos impone nuestra realidad económica nos ha obligado a privilegiar las relaciones con unos continentes más que con otros y eso genera relaciones estratégicas asimétricas. Tenemos relaciones más estrechas con América Latina, América del Norte, Europa y el Asia Pacifico; pero también buscamos suplir nuestras limitaciones con un multilateralismo activo, que heredamos de nuestra anterior democracia y extendemos ahora a una nueva realidad: nuestra presencia en la ONU y organismos especializados, la OEA, el BID, la CEPAL agregamos ahora la OMC, la APEC y muchos otros foros en que la voz de Chile es escuchada y respetada; y buscamos ahora extendernos hacia otras regiones, como el Golfo Árabe y el Mediterráneo.
En este marco, tenemos con Estados Unidos una muy importante relación estratégica, en sus distintas dimensiones. Es el país que ocupa el primer lugar en inversión extranjera en Chile y un segundo lugar en comercio exterior. Ello muestra que, a pesar de la competencia en la era de la globalización, Estados Unidos es un socio muy principal para Chile. Más aún si se considera el mayor valor agregado en ese comercio, la disposición a avanzar con Chile en nuevas áreas de desarrollo tecnológico acordes con los cambios en la economía mundial y la mayor cercanía cultural y política que nos une con ese país, con el cual hemos celebrado ya más de 200 años de relaciones diplomáticas.
Pero nuestra política exterior de Estado debe ser para tener socios estratégicos y no puede confundirse con alianzas militares, la adhesión a bloques o la elección de lados en una confrontación global o regional. La preocupación de muchos con esta frase del “socio principal” radica en esa diferencia. Lo que ha permitido la mejor inserción internacional de Chile es la adhesión, en un marco de paz, a principios como la promoción de la democracia, la validez del derecho internacional, los objetivos comunes de desarrollo, el respeto de la soberanía de los estados, la no intervención, la solución pacífica de controversias, la libertad de comercio, el respeto de los derechos humanos y otros, entendidos como normas permanentes de conducta a las cuales hemos adherido.
En estos últimos años se han manifestado, en el mundo, tendencias que intentan cuestionar el orden internacional que se forjó después de la Segunda Guerra Mundial y pareció perfeccionarse hace unas décadas con el fin de la Guerra Fría. El reconocimiento de la igualdad de todos los Estados y el compromiso de respeto del derecho internacional, que constituyen la base del orden mundial, se han ido diluyendo, cuestionados por quienes hasta hace poco las promovían y exigían su cumplimiento. Hoy son precisamente las potencias que concordaron ese sistema los que violan más que nunca sus normas. El mundo vive hoy en medio del mayor número de guerras desde la fundación de las Naciones Unidas. Dos de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU son primeros actores de esas guerras.
El festejo de los 80 años de la ONU fue oscurecido por la realidad de un escenario mundial en que, a pesar de todos los progresos materiales, la humanidad no es capaz de enfrentar tres realidades de nuestro tiempo: a) que la pobreza y el desempleo siguen haciendo estragos en el mundo; b) que los seres humanos se siguen matando unos a otros, por medio de la guerra y el crimen organizado; y c) que seguimos destruyendo cada vez más el mundo en que vivimos, incapaces de enfrentar la contaminación y el calentamiento global.
La democracia volvió a Chile hace 36 años, al mismo tiempo que caía el Muro de Berlín, concluía el Apartheid en Sudáfrica, se creaba la Organización Mundial de Comercio y la democracia retornaba a América Latina y el Este Europeo. La democracia chilena fue parte de ese gran proceso, cuya extensión parece en riesgo hoy. La Carta Democrática Interamericana fue el texto que consagró esa nueva realidad para Chile y todas las Américas. No es el momento de unirse a alianzas que pregonan otros valores, Chile debe ser capaz de mantener los principios en torno a los cuales se forjaron los consensos de su política exterior de Estado.
La primera versión (“Borrador”) de la Cuenta Pública Participativa entregada hace dos días por el Ministro de Relaciones Exteriores, que será revisada en un interesante proceso de escrutinio público, es una buena oportunidad de debate sobre el conjunto de nuestra política exterior. La realidad de nuestro quehacer internacional está expresada allí, sobria y totalmente. La revisión abarca dos gobiernos claramente distintos y sus referencias se remontan necesariamente a políticas desarrolladas con anterioridad. Este es un buen momento para revisar y ratificar la vigencia de los principios de nuestra Política Exterior de Estado. Una política que hemos practicado desde el retorno a la democracia y ha dado fuerza y prestigio a nuestra presencia en el mundo.
Fuente: El Libero