Opinión

Guerra sin estrategia

Trump parece haber olvidado un componente clave de la presencia de Estados Unidos en el escenario mundial, que son sus alianzas. Como es obvio, esos aliados esperan ser informados y consultados acerca de operaciones de esa envergadura.

La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán se encuentra ya en su tercera semana. Hay varios miles de víctimas, se han lanzado toneladas de bombas, miles de misiles y drones. Se ha desmantelado la línea de mando del régimen iraní y el mundo entero experimenta los efectos del alza de precios del petróleo y el gas. Pero siguen pendientes la respuesta a las dos preguntas que deben hacerse al comenzar una aventura semejante: ¿Era necesario iniciarla ahora? y ¿Cómo y cuándo terminará? Aunque el Presidente Donald Trump ha estado ante los micrófonos días enteros, no ha dado respuesta a ellas; la violencia desatada, por más que haya sido enorme y contundente, no ha generado resultados suficientes y, como le ocurrió a Rusia con Ucrania, el conflicto puede prolongarse por más tiempo y sus resultados ser limitados, especialmente en lo que se refiere al cambio de régimen.

Para explicar el éxito de la primera Guerra del Golfo y el fracaso de la segunda, Richard Haass desarrolló los conceptos de “Guerra por Necesidad” y “Guerra por Opción”, en un libro que lleva ese mismo título. En la primera, una nación va a la guerra cuando la conducta del adversario no le ha dejado alternativa. Los ejemplos clásicos son el de Inglaterra y Francia cuando Hitler invadió Polonia, y el ingreso de Estados Unidos a la Segunda Guerra Mundial, tras el ataque a Pearl Harbor. No había en ese caso otra opción que la Guerra. Haass se refiere a la Guerra del Golfo de 1991 como una Guerra Necesaria, porque Sadam Hussein ya había ocupado Kuwait y debía ser detenido antes de intentar otras conquistas. Una “Guerra por Opción” (Otros la llaman “guerra voluntaria”) se da en casos en los cuales existen otras opciones, pero se decide ir a la guerra por razones estratégicas, morales o de conveniencia.

Una diferencia importante es que el inicio de una Guerra por Necesidad no requiere ser explicado. Cuando Roosevelt anunció que Estados Unidos estaba en guerra con Japón, nadie preguntó por qué. La Guerra por Opción, en cambio, requiere de una estrategia explícita. Las causas para entrar a una Guerra por Opción tienen que ser explicadas a aliados y ciudadanos, para obtener la unidad necesaria a favor de ella. Y la mayor crítica lanzada es que desencadenó esta guerra sin explicación ni consulta, salvo la coordinación con Israel. El Primer Ministro de Israel estaba a favor del ataque a Irán hace bastante tiempo e Israel ha participado con sus propias operaciones, como también con su robusta inteligencia.

Parece obvio que esta guerra contra Irán es una Guerra por Opción, especialmente desde el punto de vista de Estados Unidos. No había ningún riesgo inminente de que Irán, que aún no tiene armas nucleares, atacara a una superpotencia a 10.000 km. de distancia. Y en cuanto a fuerzas convencionales, era evidente desde un principio que las que entraban al combate no eran equivalentes. Por mucho que Irán haya acumulado en las últimos décadas importantes cantidades de armamento y entrenado varios cientos de miles de soldados, la primera fuerza militar, aérea y naval del mundo es, de muy lejos, la de Estados Unidos. Y si se tratara de proteger al aliado israelita, no hay duda del poder de su propia fuerza militar para repeler una primera embestida y esperar que el aliado mayor llegue a defenderlo.

En cuanto a la posibilidad de que Irán fabrique armas nucleares, antes de la primera elección de Donald Trump, en julio de 2015 bajo la presidencia de Obama, Estados Unidos, Rusia, China, Gran Bretaña, Francia, Alemania y Unión Europea habían suscrito un Pacto (PAIC), según el cual Irán acordó eliminar sus reservas de uranio enriquecido y reducir el uso de sus centrifugadoras de gas durante trece años. A lo largo de los quince años siguientes, Irán solo enriquecería uranio hasta un 3,67 %. Irán también acordó no construir ningún reactor nuclear de agua pesada durante el mismo período de tiempo. Todas las potencias concordaron en que, con este Pacto no existía ninguna posibilidad de que Irán llegara a tener armas nucleares.

Pero en su primera presidencia, Trump desahució el Pacto, diciendo que era insuficiente y prometió una nueva negociación que no ha terminado. Era esa negociación la que había cumplido una nueva etapa dos días antes del ataque de Estados Unidos e Israel. No habían existido acuerdos, pero la reunión fue calificada como positiva por ambas partes. En todo caso, el ataque de unas treinta horas después ya estaba preparado. 

El blanco principal de los ataques del 28 de febrero no era, según se dijo, derrocar al gobierno chiita, sino “decapitar” completamente al mando ideológico de los ayatolas y reducir la capacidad de respuesta de Irán. El paso siguiente, al cual el Presidente norteamericano aspiraba, era que el pueblo iraní saliera a la calle y, de acuerdo con su convocatoria, se tomara su gobierno. Pero la triste realidad era que la brutal represión perpetrada por el régimen, pocas semanas antes, había contenido a un movimiento de rebeldía potente, pero carente de organización. A ello se agrega que las bombas de Israel y Estados Unidos caían sobre los centros poblados, y actuaban como disuasivos para cualquier oposición interna.

La realidad, que la inteligencia americana seguramente tenía clara, pero no su Presidente, es que lo único realmente organizado en Irán, además de la burocracia de gobierno y los clérigos chiitas, es la Guardia Revolucionaria Islámica, encabezada por la Fuerza Quds, su rama de élite, con mando sobre otras milicias de soldados, policías y militantes. Ellas dirigieron la represión reciente y cada vez asumen ahora un poder más concentrado. A pesar de los muchos asesinatos esas fuerzas, que tambalearon cuando la gente salió a la calle en los meses anteriores, ahora se replegaron y la Quds sobrevive y dirige sus operaciones. Es cierto que una operación terrestre masiva (las “botas en el suelo”) podría haber tenido éxito; pero Trump no tiene ya condiciones para una invasión masiva y los Estados Unidos de hoy no soportarían las bajas que ello significaría. Los repetidos fracasos de Vietnam, Irak y Afganistán están aún demasiado frescos en las mentes de los estadounidenses, que no admitirían una nueva aventura de sus tropas, aunque su Presidente diga que “no las descarta”. Ocupar con tropas estadounidenses por un período prolongado un territorio del tamaño de Irán es algo que ningún estratega podría imaginar. 

La realidad no era la imaginada por el gobierno de Estados Unidos. El régimen iraní soportó los bombardeos e inició una represalia que no podía ir contra el adversario en su territorio, pero podía dañar, en un primer período a sus aliados en la vecindad y luego afectar el flujo del petróleo en muchos países del mundo. Vinieron los ataques a bases en países de la zona aliados de Estados Unidos: los Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Qatar, están al otro lado el Golfo; también está Arabia Saudita, pero respecto de ella Irán ha sido más cuidadosa; Irak tiene mayoría chiita y eso la protege. Pero todos, cual más, cual menos, han sufrido daños. Y esos daños no son sólo incalculables en lo material, sino también en lo político, porque afectan el plan árabe de transformar una región que ha invertido una enorme cantidad de recursos en proyectar una imagen moderna e integrada al mundo.

Luego Irán recurrió a la única fuerza real que tiene en la economía mundial: el petróleo y el gas, cuya abundancia y costo de producción puede pesar en los mercados. Estados Unidos tiene hidrocarburos suficientes para autoabastecerse; pero en el otro extremo hay países que no tienen esos recursos. Sin embargo, el mercado petrolero y de gas es único y los aumentos de precios afectan a todos por igual, aunque los mayores problemas los enfrenten aquellos que carecen de estos recursos en su territorio (entre los cuales está Chile, que es el país más perjudicado de América Latina y podría enfrentar mayores dificultades, de prolongarse la crisis. El petróleo que circula por las costas de Irán es al menos un 25% del total del petróleo mundial y algo más del gas, lo cual basta para provocar la crisis en los precios, Pero además un número importante de países, como Japón y la India, reciben la mayor parte de su abastecimiento pasando por el estrecho de Ormuz.

En esta tercera semana de guerra, Estados Unidos ha logrado también unos pocos éxitos, el principal de los cuales es proseguir el aniquilamiento de dirigentes clave del gobierno iraní, recientemente su principal estratega, Ali Larijani, ex presidente del Parlamento, visto como una posible figura de reemplazo, con posibilidades de alcanzar un acuerdo; y también el Jefe de Inteligencia, Esmail Jatib. También ha debido enfrentar la creciente inquietud de la población, sobre todo por los precios muy altos del petróleo; y el disenso interno de sus propios partidarios, a partir de la renuncia de su Director de Contrainteligencia.

Y al comenzar la semana, cuando el Presidente solicitó a varios países aliados el envío de naves al Golfo Pérsico y el estrecho de Ormuz, tuvo que reconocer que su error más manifiesto. Trump parece haber olvidado un componente clave de la presencia de Estados Unidos en el escenario mundial, que son sus alianzas. Como es obvio, esos aliados esperan ser informados y consultados acerca de operaciones de esa envergadura.

El enorme éxito del gobierno de George Bush (padre) cuando Sadam Hussein se apoderó de Kuwait, estuvo en su capacidad de forjar, bajo su mando, una poderosa alianza de 34 países, con más de 750.000 efectivos, procedentes de distintos lugares del mundo; no todos participaron directamente en la operación Tormenta del Desierto, que derrotó a Irak en pocas semanas; pero le dieron su apoyo y probablemente habrían concurrido, de ser necesarios.

Esta vez el ataque también sorprendió a los aliados. No hubo consultas y, al parecer, ni siquiera avisos con tiempo para opinar. Estados Unidos e Israel actuaron solos. Es fácil, por ello, entender que, cuando su concurso fue solicitado para ayudar con barcos a la apertura de Ormuz, no hubiera disposición a ello. España ya había rechazado la posibilidad de ocupar sus bases. Ahora fueron Gran Bretaña, Alemania, Francia, Italia y los nórdicos, los que dijeron no. La frase “no es nuestra guerra” fue apropiada; no habían existido informes ni consultas. El rechazo llegó hasta el punto de que, al escribir estas líneas, aparece el propio Donald Trump diciendo que a los países de OTAN “no los necesitamos”, volviendo a ventilar la posibilidad de abandonar esa organización.

La reacción de los protagonistas no se hace esperar. Mientras el Pentágono asegura que la guerra va bien y sus voceros hablan de “aplastar a Irán”, los principales países de Europa y Japón aseguran que está dispuestos a tomar las medidas para proteger los embarques no militares en el Estrecho de Ormuz, para permitir el flujo del petróleo y el gas, que continúan prácticamente detenidos. El petróleo alcanza la cifra récord de 110 dólares el barril, pero seguramente descenderá un poco, a la espera de nuevos anuncios. Se vuelve a anunciar que la guerra en Irán terminará pronto, pero los problemas de fondo, de falta de una estrategia clara y diálogo con los aliados, se mantienen. Será el propio Donald Trump quien decida eso “cuando lo sienta en mis huesos” (sic).

Un último comentario parece necesario. La sensación de fracaso siempre provoca malas consecuencias en el Presidente Trump. Muchos analistas creen que decidió atacar a Irán para paliar el efecto de su derrota en la Corte Suprema. De igual modo provoca una gran preocupación la posibilidad de que el Presidente decida salir del mal paso, con un ataque a Cuba. En medio de sus declaraciones contra los aliados, Trump aludió al “honor” que para él sería apoderarse de Cuba, para distraer de una decisión de retiro del Golfo Pérsico. Sin duda, sería un nuevo error, porque lo que no se requiere a estas alturas es una conflagración con muertos y destrucción a 150 kilómetros de territorio de Estados Unidos. Pero ello puede ocurrir, apenas concluya la guerra actual. 
 
Fuente: El Líbero