La discusión lleva semanas y es ahí donde quisiera hacer un punto preliminar de reflexión y que, a mi entender, ha pasado desapercibido, esto es la filtración de nominaciones. Estas divulgaciones no sólo lesionan la sobriedad y reserva en el procedimiento de designación de embajadores, sino que además pueden exponer innecesariamente al candidato o candidata e incomodar el ejercicio de la atribución presidencial.
Un segundo aspecto tiene que ver con el largo debate de embajadores de carrera y aquellos provenientes de fuera del Servicio Exterior, lo que se ha restringido a una cuestión que marca sólo el punto de partida: la proporcionalidad de unos y otros, lo que no puede transformarse en una obsesión matemática. Lo central, en nombramientos externos, es nominar embajadores que tengan capacidad para representar al Estado de Chile con prestigio y formación. Las redes internacionales y conexiones del candidato con el país receptor pueden ser también un activo que legitime con mayor sustento un nombramiento proveniente desde otras disciplinas y talentos.
Por cierto que debiéramos reflexionar sobre una verdadera profesionalización del Servicio Exterior y potenciar la línea ascendente y ordenada de la carrera diplomática, la consistencia en su especialización y en un mejor estatuto laboral que proteja a las familias de los funcionarios.
A esto podría agregarse un sistema de calificaciones más elevado -el actual es formal y desincentiva evaluar por mérito-, un fortalecimiento de las competencias lingüísticas, un mayor estándar en los criterios de ingreso a la Academia Diplomática y una perspectiva orgánica de la edad de retiro, sin generar distorsiones o asimetrías. Fortalecer la coordinación interministerial, que ha demostrado serias limitaciones, con una institucionalidad más robusta en que haya un diálogo permanente 'intra-Administración', es asimismo un pendiente.
Como señalaba un distinguido columnista, exdiplomático, en tiempos convulsos es más necesario que nunca reforzar el oficio diplomático. Esto incluye abrirse a la experiencia gremial, académica, empresarial o de otros ámbitos públicos (un ejemplo es la diplomacia parlamentaria o la cultural que han sido un gran activo histórico en Chile) con un razonamiento del porqué de una nominación, el perfil del candidato y el destino que se ha escogido para su desempeño.
Por último, es quizás el tiempo de volver a pensar en el rol que el Senado pueda tener en el tema, con audiencias que aporten más elementos cualitativos de apoyo a la decisión presidencial, tanto para candidatos internos como externos. Al final del día todos son nombramientos de exclusiva confianza, facultad cada vez más escrutada por la ciudadanía, y que debemos cuidar de la crítica liviana, fortaleciendo la visibilidad de la función diplomática, la cual no siempre es bien entendida por la opinión pública.
Fuente: La Tercera